Abstracción lírica

30 05 2020

Ocurrió mientras me encontraba sentado en el ángulo de una amplia sala. La escena tenía el habitual aspecto mínimo: una silla plegable, la mía, frente a una mesita baja; y en el lado opuesto otra silla, ahora vacía. Antes de nada, el ámbito cedió a una penumbra sólo matizada por la luz que asoma por los ventanales rectangulares, entonces un brillo apagado de tarde que está próxima a consumir la noche. Por algún motivo prevalece la impresión de que esos vanos quedaban por debajo del embaldosado de la calle. Que mirábamos desde un subsuelo. Por eso vi o creí ver a algunas personas caminar allá afuera, pero lo único que de ellas podía apreciar era la forma de sus pasos, el ángulo de las piernas en un compás en movimiento. No puedo estar seguro: de aquellos segundos guardo una sensación difusa, la materia suave de la que se impregnó la memoria -esta indecisa memoria mía-, justo en el instante del tránsito, los segundos antes de cerrar los ojos.

Luego hubo nada más que una voz, que yo oía al principio con toda claridad, pero que más tarde fue esponjándose hacia el susurro; lejana pero nunca distante, parecía que se hubiera impuesto entre nosotros, la voz y yo, un muro almohadillado que mitigara el roce de lo exterior. Por momentos llegaría a ser casi inaudible, adelgazada como un hilo de seda al que yo pudiera sujetarme con la yema de los dedos; y me hablaba como con palabras entremezcladas cuya forma reconocible yo trataba de rescatar. Aunque no entendiera del todo, de algún modo siempre supe lo que me decía, o así lo interpreté. Puede que no fuera tan importante lo que decía como ese tono de sugerencias, que iban activando resortes cuando yo las recogía, intactas o modificadas, y las llevaba a que me recorrieran primero, y a que me impulsaran después.

Todo lo que sucedió a partir de ese momento ha adquirido, mirado desde este presente, el aspecto inconfundible de un recuerdo. Pero no se trata de un recuerdo atado a una realidad, sino a una experiencia inferida. Esto es, no vivida.

Sin embargo, esa diferencia no se revela en absoluto decisiva. Como con cualquier otro recuerdo, soy capaz de reproducir con indudable nitidez cada uno de los instantes que lo conforman, con todos sus matices. Veo el momento en que me incorporé despacio de la silla, consciente de la corporeidad de mis gestos tanto como de una certeza que los negaba: en ningún momento me moví de la silla. Me veo atravesar el estrecho recibidor hasta la puerta para salir al zaguán en sombra, hermoso; y después, la determinación con la que abrí el portón de madera para ingresar en la tarde, que había mirado desde dentro, y a la que ahora me incorporaba.

En varios momentos me observé desde arriba, el punto de vista cenital de una conciencia alternativa que me observara desde una posición de superioridad. Tal vez para juzgarme. O tal vez sólo quisiera respetar la distancia debida, no interferir. Luego vino el largo paseo junto a la avenida de agua, el fragor primaveral de las veredas y los repentinos cambios en el fondo del escenario: parecía que alguien activara la tramoya de un teatro para variar de inmediato el decorado, para que de un espacio pasáramos a otro distinto, al momento, sin transiciones. Así, enseguida había desaparecido el paisaje de la ciudad y yo caminaba recortado contra un fondo de campos y huerta, siempre el agua a mi izquierda.

Vi a varias personas que tal vez quisieron hablarme, rostros a los que traté de dar forma conocida, con indecisión, y a los que al fin no les cedí la palabra. Debería haberlos hecho, al menos en parte, responsables de mi estado. De esta huida adelante a un lugar seguro. Pero no fui capaz de decidirme por ninguno de ellos ni de elevar acusación alguna. Sí que en un momento, cuando ya los dejaba atrás, pregunté: “¿Qué queréis de mí? ¿Qué puedo hacer?”. Pero no esperaba ninguna respuesta ni se la dirigí en realidad a ninguno de ellos. Tanto habría dado. Quedaron a mi espalda y seguí caminando, con exigencias o culpas que se abrazaban de mi cuello como adláteres de una molesta pesadilla. Los arrastré un trecho del camino. Eran la mochila de mi conciencia. Hasta alcanzar el borde de la leve inclinación verdosa que ya conocía, y que había elegido como destino.

Por un leve talud verde, descendí hasta la misma orilla en curva de la corriente. Mi misión, inspirada por la voz, había consistido en encontrar un espacio de tranquilidad, un refugio. Si llegué a ese lugar concreto -aunque lo hiciera desechando algunas vacilaciones- fue porque mucho tiempo antes había pasado una tarde en él, acostado sobre el jardín natural que mira al agua, y me agradó la idea de volver allá.

De este modo, aquel primer recuerdo le daba forma a este segundo recuerdo que ahora evoco. No lo sustituía, sino que lo repetía como una proyección en mi cabeza.

Con un mismo lugar y un único momento, había dibujado dos círculos concéntricos, un planeta preñado de otro, la muñeca rusa que contiene en su interior a otra idéntica, y ésta después a otra, y la otra a una cuarta. Circunferencias repetidas de colores. El primero correspondía a la reconstrucción de un momento real; mientras que el segundo era una efusión, una recreación del momento vivido, activada por un hilo de seda que había abierto la puerta a esta percepción.

Ahora agrego al conjunto un tercer recuerdo, al que doy forma en estas líneas. Este recuerdo acoge a los otros dos. Si los tres integraran una matrioshka, la más chiquita -la única real- sería la tarde original al borde del agua, oculta en el corazón del artilugio. Por encima la cubriría después la recreación del paseo en el que, inspirado por la voz, acabé por regresar a aquel lugar calmado al borde del agua. En realidad, esa segunda muñeca estaría conformada no sólo por el lugar concreto, sino por el tránsito entero, desde que me incorporé de la silla, en la sala en penumbra, y caminé primero por las riberas de la ciudad, y luego las dejé atrás, y más tarde llegué a aquella luminosa tarde. El mismo río. Otro tiempo. La última muñeca, el último círculo, serían estas líneas que invocan aquellos dos momentos.

Si esos dos instantes son memoria -y lo son porque puedo igualmente evocarlos-, pero sólo uno de ellos existió, ¿qué es entonces un recuerdo? ¿Exige un recuerdo la verdad, la realidad, los hechos? Y si no es así, ¿qué existe y qué no existe? ¿Qué es realmente existir? ¿Somos algo, no sé qué, que mira hacia fuera a través de una carcasa y construya una realidad subjetiva?

Yo he estado dos veces al borde del agua, en ese mismo espacio. ¿Cuanto de lo vivido es recuerdo? ¿Cuánto de lo sentido es real? ¿Cuánto de lo real es imaginado, inducido por una voz o por cualquier otra fuerza de tracción? ¿Un anhelo, una pérdida, un deseo, una emoción?

¿Cómo es que podemos construir recuerdos de experiencias no vividas, de momentos imaginados, de escenas que no son sino un teatro de la conciencia, un guion artificial, guiado por una voz, de construcción libre?

¿Hasta qué punto podemos construir vidas paralelas observadas en plano cenital, con el punto de vista de otra conciencia que es la nuestra, pero no lo es? Que somos nosotros sin serlo del todo. O esa parte de nosotros que no alcanzamos a sospechar. Y si en esas vidas paralelas edificamos recuerdos, sensaciones, palabras, personas, sentimientos, lugares, días y noches… ¿por qué no podemos inducir la felicidad, la percepción dichosa de los momentos, la satisfacción de los anhelos? ¿Por qué no alcanzamos a construir recuerdos de todas las vidas que no tuvimos, que no somos, con toda su minuciosa escenografía? ¿O es sólo que no lo hacemos?

Todas estas preguntas, absurdas tal vez, o ya resueltas por hombres de inteligencia más elevada.

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Al abrir los ojos, había regresado a la sala y la voz me invitó a inundar de colores el papel que había extendido sobre una mesa alargada. Fue una deliberada incitación a las abstracciones. Nada debía ser figurativo, aunque pudiera aspirar a ello, así que derramé los colores, uno tras otro, sin la esperanza de que cumplieran ningún patrón. El naranja en una curva descendente que luego estrié con la yema de los dedos, para sentir la suave energía voluptuosa de la pintura, como la curva praxiteliana de un cuerpo cuyo costado acaricias. Después, un espeso coágulo amarillo en el interior del círculo del que partía esa forma misteriosa que pretendió el naranja. Luego una línea verde que cruzó la curva, como una quiebra, con la forma y la textura de una flecha de mercurio.

Al principio, todo lo hice con cuidado. Después, sin explicármelo, me atrapó una sorda rabia que no comprendí. Quizás no rabia. Pero sí un impulso de vehemencia, la necesidad de apretar los frascos, de asfixiar los colores y vaciarlos de manera torrencial sobre el papel. Por eso el rojo brotó a borbotones en el plano superior y conformó un espacio encarnado, que nada más verlo me perturbó.

Lo miré como una obra enferma, no querida. De inmediato lo supe hostil, lo único ajeno al resto del conjunto; una mancha amenazante -la mancha humana- que se hubiera precipitado sobre mi inconsciente búsqueda de armonía. Quise destruirla. Quise apartarla. Quise consumirla a manotazos. La extendí con determinación, defendiéndome con las dos manos al tiempo, para arrebatarle la forma. Cuando acabé, volví las palmas de mis manos y las vi con estupor. Estaban manchadas de sangre y me señalaban: culpable. El llanto ascendió súbito por el pecho, con la forma de un émbolo invertido, yme ahogó la respiración. No supe por qué.

Después, busqué la calma. Otra vez. Desconsideré los grises, los ocres, desde luego el negro. Una larga emulsión de verde delineó el borde inferior del naranja. Con cuidado recorrí sus ondulaciones, con el mismo fervor con el que habría dibujado líneas sinuosas en un vientre deseado. Luego rellené todos los huecos, lo extendí por debajo de la frontera anaranjada del horizonte, y regresé para completar una gruesa capa que soportaba todo el conjunto. Como la quilla de una nave sustenta la cubierta y la arboladura de un barco.

Lo miré desde arriba, otra vez.

La curva naranja me recordó por un momento a una persona acostada. Pero después esa forma se desvaneció: seguí ahí, pero ya era otra cosa. Nada definible.

El amarillo fue entonces primero un sol, y después la luz interior de una conciencia. Más tarde, un refugio impenetrable.

Ahí seguía la quiebra verde, con su forma apuntada de cuchillo que rasga el telón de la escena.

Y la informe mancha roja, segura en la composición de una advertencia.

Que no era posible interpretar.

Tal vez ahí hubiera un relato, una narrativa que pudiéramos trenzar en un hilo. La armonía o la calma como aspiraciones traicionadas. La fútil defensa del castillo íntimo. Quizás una figura acostada sobre un lecho verde, al borde del río. Y la sangre metafórica derramada arriba, deforme, borrosa, tenaz. Imposible de descifrar. Fácil de temer.

[ Me dije que había doblado una esquina. Al otro lado me aguardaba esta canción, como tantas otras. Siempre hay canciones que vienen a buscarme. Y yo, cada vez, salgo a su encuentro.

In my own sick way, I’ve always been true to you ].





The new normalidad

24 05 2020

La primera vez que oí lo de la nueva normalidad fue cuando el Primavera Sound usó la frase como eslogan de su edición de 2019, en inglés: The new normal. Confieso que, una vez aprendido a qué se refería, me sentí fuera del concepto. Pero no hay drama en ello: parece obvio aceptar que no todos los conceptos ni las interpretaciones de la realidad nos incluyen en su seno. Que las cosas se terminan o adquieren otra forma; y que lo próximo siempre parece mejor que lo anterior. Acepté que tal vez el festival había entrevisto una decadencia que exigía la reinvención y que su nuevo público debía ser otro, definido así: femenino, urbano pero no gentrificado; si acaso, suburbial; por supuesto, digital; desde luego, imprevisible. Ante todo, mucho más free. Sin dogmas, sin complejos, sin estilos, sin manías… y sin ídolos. O casi.

La formulación del nuevo tiempo ocurrió en un vídeo con letanías que en forma retrospectiva venían a festejar el advenimiento: “Por fin había caído la dictadura del buen gusto. Un emoji dijo más que mil palabras; y un meme dijo más que mil emojis. Desafiamos a vuestros algorritmos (sic) y dejamos de endulzar la realidad”, afirmaba la voz.

Sobre el hecho de que apareciera Messi cortándose el pelo en medio del vídeo, no supe qué pensar. Qué más da. Estaba el plano, de alguna forma habría que meterlo.

Parecía claro que la segunda persona del plural éramos nosotros (los del concierto aquel de Pulp, por ejemplo…). Sí, en cierto modo nos dimos por aludidos pero… bah, a partir de determinada edad uno asume por inercia la culpa de todos los delitos colectivos. Es un asunto generacional. Nuestros algoritmos. Qué cosa. Y además… ¿no sonaban maravillosamente prometedoras todas esas frases sobre memes y emojis? ¿No auguraban un futuro decididamente mejor? Daban ganas de montar con ellas el programa de un partido político. O las tablas de la ley de una secta. O aún mejor, un canal de televisión. Sigan nombrando sinónimos…

Me pregunté si en el fondo lo que me estaban diciendo era que, por oposición y como espectador de unas cuantas ediciones anteriores, había participado en una ceremonia alineada con el machismo; si había actuado como un pueblerino que proyectaba complejos en la actitud despreocupada de tres días de música; por supuesto, estaba desactualizado; desde luego, me comportaba de forma previsible; sin duda, con un indisimulado dogmatismo prejuicioso. Un idólatra ofuscado que acudía a ver a Grinderman, The Jesus and Mary Chain, The Charlatans, Spiritualized, The Fall, Wilco, The Swans y, desde luego, a Nick Cave. Y decenas más.

Creíamos haber ido a escuchar música, pero en realidad incurríamos en todas las formas de la abyección ahora derogadas por la new normalidad. De hecho, hasta mezclábamos el Jaggermeister con cerveza. Putos degenerados.

En el fondo, y hablando en serio (?), entendía que había que buscar un nuevo público. O más público. Reposicionarse. Pivotar. Atacar otro segmento. Elaborar el relato para un nuevo target. Ese tipo de justificaciones listadas con bullet points en un ppt, en reuniones en las que bulle el palabro imperante: estrategia.

Llevado por la trascendencia que rezumaba la nueva propuesta, me imaginé burlonamente que ese largo fin de semana en el Forum iba a acoger hechos decisivos para el avance de nuestra maltrecha sociedad. Que la era iba por fin a parir un corazón, como anticipó Amancio (Prada, no Ortega). Que los presentes asistirían a la transfiguración de Rosalía en ascensión a los cielos en chándal ombliguero y sneakers de plataforma. Tra tra. O que allá al fondo, sobre el horizonte de los gloriosos atardeceres que se derraman en el Mediterráneo, a la espalda de los escenarios, un innombrable ser de luz alumbraría la noche con el nacimiento de un super-ente.

Super-ente rima con relente. Porque al borde del mar hace fresquito.

En fin, que a lo largo de esos tres días y noches, el carnaval iba a alcanzar su primera y misteriosa culminación (párafrasis de Bioy). Las críticas musicales tendrían que dejarse de consideraciones estéticas (dictadores del buen gusto… be damned!) y para definir aquello en términos adecuados no habría otro remedio que parafrasear a Pam/Shelley Duvall en Annie Hall: “The only word for this is transplendent… it’s transplendent!”.

Transplendental.

No sé qué resultado (económico, claro) daría aquella tentativa de redefinición que, insisto, considero absolutamente legítima. Y que ni siquiera cuestiono como equivocada. Yo al Primavera Sound le debo las horas y días más divertidos (¿se puede decir felices?) de cada año… en un tramo de la vida en que las diversiones de ese tamaño y duración escasean o directamente no existen. Eso marca mucho.

Al final, todo se resumía en lo que me dijo un compadre de largas caminatas entre escenarios: “El Primavera ya no es para nosotros”. Y bueno… Casi nada es ya para nosotros.

Me viene a la cabeza aquello de Pessoa: “El otoño que ahora tengo es el otoño que perdí”.

Un año más tarde, sin embargo, el diagnóstico podría ser otro, a la vista del tono del vídeo y la alineación convocada al fiestón de 2020, al que pensábamos concurrir. Iggy Pop, Yo La Tengo, The Strokes, Massive Attack, The National, Pavement, Beck, DJ Shadow, Bauhaus, The Jesus and Mary Chain, Dinosaur Jr., Fontaines DC, Mavis Staples, Einstürzende Neubaten… ¿Buen gusto? No. Dic-ta-du-ra.

Pero entonces (y hablando de autocracias distópicas) llegó a nuestras vidas el coronavirus. Mientras el nuevo fantasma recorría Europa, el PS2020 y nuestros planes de regreso volaron al país de las incertidumbres. Allá aguardan en suspenso, aplazadas hasta nueva orden, todas esas cosas que antes llamábamos vida. Y ahora, miles de muertos más tarde, ha regresado the new normal, traducido a un español que respeta esa blandura tranquilizadora con la que se comportan las enes cuando las pronuncias: la nueva normalidad. Un simpático animalito orwelliano al que acariciarle el lomo entre lavado de manos y ajuste de mascarilla.

No levantaremos aquí ninguna bandera. La nueva normalidad de hoy la miramos con la misma distancia con la que tratamos hace un año a aquel new normal: es un concepto que no nos incluye y en el que no nos reconocemos. “El mundo ya no es para nosotros”. Bueno, construyamos otro, entonces. Uno propio, ojo. Paralelo y simultáneo. El ensanchamiento de la realidad precisa ahora mismo de un empeño más tenaz que nunca, porque los indios vienen por todos los lados. Hasta atacan en sueños. A veces, ni siquiera te dejan dormir.

Como alternativa para definir este caos de incógnitas en el que habitamos, a lo de la nueva normalidad hay que reconocerle un encomiable efecto relajante. Tan poderoso que dan ganas de irte a dormir con ella entre los brazos, como si fuera una bolsa de agua caliente para el dolor de vientre.

Algunas mañanas no nos encontramos. Otras tardes nos encontramos tan bien que hasta nos ponemos nostálgicos. ¿Qué vida llevará Greta? Ah, qué tiempos aquellos en que sólo teníamos que salvar el planeta… Ahora también hay que salvar a la humanidad. Es lo mismo, subrayan algunos. Y sí. “Sin planeta no habrá empleo”, leí en un cartelón. A la luz de lo que hemos vivido, todo suena estúpido. Bueno, a mí aquello también me sonaba estúpido antes.

Hemos de admitir que algunas tardenoches hemos querido destruir hoteles enteros, como las estrellas del rock: porque sabemos que no hay supervivencia que se pueda organizar alrededor de una canción del Dúo Dinámico, por más que se empeñen. Esto lo tuvimos claro desde los días en que el abuelo los insultaba cada vez que aparecían en el televisor, al otro lado de la mesa camilla y el brasero.

Participamos en ovaciones. Después sentimos, aun sin creer, que nos faltaban oraciones. Y sí, reclamamos nuestro derecho a desconectar. Y a volver a conectar. Porque, sinceramente, todo el mundo se puso algo pesado. O muy pesado. La gente, alguna gente, empezó a invocar ese otro mantra tan común en situaciones diversas: “Se viene un cambio de paradigma”. Después de esto, anunciaron en conferencia telemática, todo será distinto. El mundo será otro. Nosotros no nos reconoceremos. De hecho, ni la madre que nos parió nos va a conocer: nada extraño, dado que no tiene smartphone y llevamos no sé cuántas semanas sin verla.

Houellebecq, sin embargo, acudió a nuestro rescate y dijo que él no se creía nada. “No despertaremos, después del confinamiento, en un mundo nuevo; será lo mismo, sólo que un poco peor”. Ya sabemos que el escritor francés no puede ocultar su sociopatía, pero en medio de tan lúcida amargura soltó otra frase envidiable, por terrorífica: “La muerte nunca ha sido tan discreta como en estas semanas”. Lo de insultar al virus llamándolo “banal” nos pareció una extravagante genialidad: ni siquiera se transmite sexualmente. De pronto, nos había hecho reír. Adoro cuando nos reímos.

Lo peor de todo es que nadie sabe situar aún en qué punto de la flexible cronología en que vivimos hoy se encuentra exactamente eso que llamamos después. Creo que, para doblegar el tamaño de la incógnita, al final hemos resuelto trocear el después en fases manejables, que quepan en un catálogo de medidas, indicaciones y prohibiciones. Así podemos diferir el después al mismo lugar donde andan todas las cosas aplazadas. Todo eso, claro, que llamábamos vida. Y discutir sobre las fases y su geografía variable. Las incoherencias. Los aciertos. Los tecnicismos. Los expertos. La irresponsabilidad. El criterio. Esos bichos tan escurridizos.

Y así hasta el fin del mundo. Porque el juicio final nos pillará en una terraza.

Orwell conjeturó que lo que él llamaba nuevalengua acabaría desplazando a la viejalengua (es decir, el idioma tal y como lo hemos conocido) alrededor del año 2050. Ya sabemos que la pandemia está acelerando todos los procesos, así que los vaticinios de su portentosa 1984 podrían quedar demasiado largos. Como leí por ahí: hoy en día, cada vez que a un político se le ocurre un plan, lo primero que hace (y a veces lo único) es ponerle un nombre. Un nombre incontestable, tipo new normal. Luego se hincha el globo… y a volar.

Puede que al final no pase nada. Que el anuncio del cambio sea como los dos vídeos del Primavera Sound: un círculo concéntrico. O que regresemos más o menos al mismo punto del que partimos, ese señalado con su vena provocativa por Houellebecq: “Será lo mismo, sólo que un poco peor”. Un poco es un sintagma tan inconcreto como el después. Pero es lo que tenemos: nada. Todo esto es normal. Y nuevo. Y lo nuevo siempre es mejor. Eso lo sabe cualquiera.

Otra cosa es que, por el fragor de inmensa catarata que se adivina ahí adelante, tengamos la impresión de que vamos directos al desagüe colosal de la Garganta del Diablo.

Ajústense las mascarillas.

Ya nada será igual.

Pero todo será lo mismo.

Un meme dirá más que mil emojis.

It’s gonna be transplendent!





Radio Valbaara

28 04 2020

El domingo uno debería haber estado viendo a Nick Cave en Barcelona. Y después en mayo, o tal vez en junio, pensábamos en Iggy Pop. Y John Fogerty. Es verdad que ya apenas hacíamos planes. Ni siquiera por el conocido gusto de, al final, incumplirlos. Ahora ni siquiera aspiramos a la evasión. En otros días solíamos excavar túneles en la tierra porosa de las madrugadas, pero eso ya quedó atrás como casi todo lo demás. Han volado las coordenadas y el horizonte ha tomado el aspecto de una habitación oscura que no podemos cartografiar. La peste nos ha arrastrado a estos días de análoga indiferencia. Han desaparecido de nuestros ojos los lugares y todos los tiempos son ninguno.

Todo esto también pasará.

Pero mientras…

Every day is like Sunday… Every day is silent and grey.

Habíamos hecho esos planes, de la forma inconclusa que tan bien se nos da. Improvisando sobre el borde exterior de los tiempos, conscientes de que todo se hace fugaz. Y que a menudo uno no alcanza lo que busca, cuando sabe lo que busca. Ahora todo cuesta más. Hacerlo, desde luego. Pensarlo incluso. Ya no reconocemos el mundo que con tanta suficiencia creímos gobernar. Y no sabemos lo que quedará de él, o en qué medida nos admitirá, una vez que levantemos el veto de este silencio en las calles, y de nuevo la algarabía social y el griterío absurdo y el ruido de los incendios fatuos hagan que, como siempre, no escuchemos nada ni a nadie: sólo el ruido de nuestras cabezas, que tan majestuoso juzgamos, y el rebote metálico de las ideas podridas en la puta concavidad del yo. Entonces podrá de nuevo la muerte aproximarse a gritos, con el estruendo multiplicado de una lejana tormenta, levantarse sobre el horizonte y abrir las fauces ávidas para devorarnos. No la oiremos. O preferiremos no escucharla. O confundiremos la curva atroz de sus colmillos ensangrentados con un hermoso crepúsculo encarnado, que preferiremos fotografiar, con nosotros delante por supuesto, para prenderlo en nuestros perfiles y atribuirnos algún peregrino mérito de su belleza.

El recital de Nick Cave se ha aplazado al mismo día del año próximo, o a un día parecido… poco importa la fecha en esta inconcreción de ahora. Eso creo. Lo importante ya no está en lo que no hicimos sino en lo que todavía podemos hacer. En la expedición al horizonte que no vemos. Por eso, para aplacar la lástima por las músicas perdidas, pero sobre todo para sostener un inevitable vitalismo desesperado, inicié una reunión de canciones. Esta no es una actividad extraña. De hecho, puede estar entre las más cotidianas porque si a alguna actividad le dedicamos de forma habitual la consciencia y la inconsciencia es a la interminable tarea de domesticar el tiempo en palabras y en canciones. Las palabras quieren refutarlo todo, el reloj, el calendario y sus cronologías diversas. Las canciones, mientras, construyen apenas una hipótesis torpe acerca de la forma de ese tiempo, de todos los tiempos, su oculta intención y la forma en que nos lleva y nos modela. Es más un esfuerzo de imposible recreación que otra cosa. Como imaginar que una vez el mar remoto cubrió estas montañas. O como evocar todo aquello que la erosión se llevó de las piedras, y que ya no vemos.

Siempre busco canciones. Siempre hay canciones que me encuentran. En esa estación intermedia aguardo cada día, para ver adónde me llevan. Ahora que estamos parados, busco canciones no figurativas, si es que decirlo así tiene sentido. Para entendernos, composiciones electrónicas, que tienen más que ver con la impresión de sensaciones que con una intención narrativa. Si acaso, un relato sensorial. Experiencias indecibles, una poética de abstracciones sónicas. En general, las llamaremos electrónica, como les decimos quienes desconocemos sus códigos. Músicas avanzadas, apuntan otros; por momentos experimentales. Aunque, me pregunto, qué otra cosa es la música, cualquier música, sino una experimentación, una alquimia, el anhelo de una fórmula desconocida de la armonía y la belleza.

Busco, decía, músicas sin referencia. No conozco artistas, no retengo nombres, desconozco estilos, líneas, vanguardias o colectivos. No aspiro a hacerlo, aunque algún nombre siempre se eleva por encima de los demás. Puedo subrayar, si los consulto en este mismo momento mientras la interminable cola de reproducción va desgranando sonidos, a John Tejada, a Isolée, Autechre o Andy Stott… Pero son nombres aleatorios y hay muchos otros. En realidad, todo es aleatorio, modo shuffle. Dejar que fluyan y, entrevista la hermosura, retener, guardar y ordenar aquellas a las que les entregaríamos unos minutos de nuestra salvación. En verdad lo que me atrae es el ambiente, el magma tibio en el que me mecen esas músicas. La cambiante sonoridad rítmica, que me hace sentir bien, que me despierta el ánimo y, sobre todo, que me transporta. O me traslada. O me sitúa más allá o tal vez más aquí de la realidad. No sé donde es ni qué nombre tiene. Se parece a un tren que me lleva y no sé adónde. Sólo quiero ese viaje a ninguna parte. Ahora que no podemos salir. La soledad del viaje. Un lugar que no es ningún lugar, sino el mismo viaje. El viaje es el destino que no precisa destino.

Da igual adónde llegues. No importan los lugares ni sus nombres. En realidad, no importan los nombres ni de los lugares ni de las cosas, ni de los sentimientos ni de aquellas ideas que encarnan personas. No importan más allá de su aceptada convención: me parecen todos incompletos frente a la inabarcable complejidad. No importa siquiera esta digresión, porque la digresión supone un cierto automatismo del pensamiento, una fluidez sonora, que encaja bien con el ejercicio de vaivén que pretendo describir en estos párrafos. Necesito algunos automatismos que me dirijan y me lleven. Hay tantas preguntas que no alcanzan las respuestas y tantas variaciones de lo aparente que pretender designarlas todas parece un empeño ridículo. Por eso las respuestas las fabricamos o lo hacen por nosotros, antes incluso de escuchar las preguntas. Por eso hay tantos sentimientos inclasificables… Y por eso los empaquetamos, para poder señalarnos los unos a los otros, llevarlos en una bolsa como una sonda por la que evacuar los complejos. Frente a la extraordinaria diversidad, los nombres representan apenas fútiles tentativas de apresar en una definición posibilidades que en realidad sabemos ajenas a cualquier medida. Todo lo que se nombra responde apenas a un consenso, necesario pero no imprescindible; un meeting point al que puedes regresar si quieres, si lo necesitas, si lo consideras preciso… porque te reafirma o porque crees en ello o porque coincides con los demás o porque tu impulso natural consiste en acordar. Tan legítimo como el derecho a la disidencia.

¿Quién sabe lo que significa en realidad te quiero? ¿Quién?

Qué importa entonces si a estos sonidos inorgánicos que ando reuniendo los llamamos canciones, temas, tracks o cualquier otra cosa. Son ordenamientos de sonidos, o son versificaciones electrónicas, o son derivas que riman con la lógica juguetona de una secuencia de ordenador. Son repeticiones ondulantes, suaves líneas melódicas que serpentean en torno a un ritmo o lo definen. Probablemente no sean ninguna de estas cosas. Abstracciones sensoriales que no relatan ni afirman, que no predican ni definen, ahora que todo el mundo quiere contarte, y cantarte, su verdad. Son música, una poética inasible. La voz acariciadora de las máquinas, con su monstruoso punto de advertencia: “Thank you for an enjoyable game”.

Es este tipo de sonido en mi cerebro lo que necesito cuando aspiro, como ahora, a trasponer los espacios y los tiempos; a reposar en un plácido limbo armónico, como una habitación impermeable al ruido de los días. A su insaciable tramoya. Un medio para flotar en los espacios, no apoyar demasiado en la realidad, pisar sin huellas y ondularme sobre la superficie afilada de los días, para ser el contorsionista que atraviesa indemne un espacio mortal, modulando con su cuerpo una ligera danza salvadora, de movimientos precisos. Quiero la ingravidez exacta que impedirá que me arrastre el viento; quiero la trémula fisonomía de un holograma, para que no me hieran las armas, para ser líquido cambiante que adopta la forma de los recipientes. Uno de esos magos animales de la mímesis. Quiero apoyarme en la pared y no ser visto. Irisarme de transparencias. Hacerme invisible al dolor. Y moverme ligero en los días y las tardes, liberado del peso de una letra y su música.

Sólo vibración sonora. Sólo emoción estética. Nada más que impulsos electrónicos que colonizan el cerebro y lo inmunizan contra la realidad. Colores. Sonidos. Ambientes. Ensoñación. Pensamientos envolventes como lámparas de lava. Noches que vuelan hacia los días. Espirales astronómicas. Tránsitos de luz. Círculos de tiempo.

Lapsos.

An accidental or temporary decline or deviation from an expected or accepted condition or state. Un declive o desviación, temporal o accidental, de un estado o una condición esperados o aceptados.

Construir pieza a pieza un universo paralelo e ir subiendo los escalones que miren a su horizonte. Lo llamaremos, por ejemplo, Radio Valbaara. Pero en realidad no importará nada cómo se llame. Sólo importará lo que es.





Una línea de Pessoa

13 04 2020

“Todos los atajos de mi sueño dan a claros de angustia”.

Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa.

La otra noche volví a soñar demasiado. Con demasiada intensidad. Con demasiada franqueza. Soñé demasiado, o supe que había soñado demasiado, por el nítido desasosiego con el que entré al día. Sobre todo, lo que soñé lo soñé demasiado cerca del instante decisivo de la vigilia: por eso al despertar recordaba con una claridad cruel la escenografía toda del sueño. No medió esta vez ese tramo incierto de descanso que me repara los desperfectos del subconsciente, que me pone a salvo de mí mismo; de ese lado ingobernable que habita en todos, agazapado en la entretela de realidades o de lo que creemos las realidades. El espectro que conforma nuestro yo más seguro. Un otro aterrador al que no podemos engañar con máscaras. Yo suelo escapar, olvido casi siempre todo lo que sueño. Pero esta vez no lo logré.

No podemos saber cuánto tiempo transcurre, si alguno, entre el fin del sueño y la conciencia. Pero yo salí de ese teatro monstruoso, la otra mañana, con todas las imágenes aún impresas en la retina; un relieve minucioso de cada detalle, del papel que yo jugaba, de la forma de mis actos y los movimientos que los habían determinado. Y, por encima de todo, de lo que me hicieron sentir. Es sobre todo esa parte, la parte última de las emociones que el sueño transfiere a la vigilia, lo que hiere los cuerpos. No los hechos, que pueden quedar en una representación informe, sin verdadero significado. No las personas, que en los sueños a menudo aparecen sin rostro o con rasgos irreconocibles, aun cuando tengan un nombre cierto. La incoherencia de los matices ayuda a olvidar. De los hechos uno puede desprenderse una vez despierto. Cruzas la penumbra decadente del dormitorio, hacia el pasillo por el que se ingresa en el desconcierto de la claridad, y quedan los hechos del sueño a tu espalda, como la noche ya derrotada, abandonados entre las sábanas con un desfallecimiento como de marioneta sin hilos. Vuelves la mirada y no. Nadie te persigue. La persona sin nombre no está. Puedes correr si quieres hacerlo. Gritar si lo necesitas. Y la hoja del cuchillo, aquel beso, la voz que ya no oyes, no están ahí. No existen. Eran un juego macabro de tu imaginación. El mismo juego.

Con las emociones no ocurre así. Las emociones te las traes de ese otro lado. Las emociones se filtran por las paredes y pasan de una dimensión a otra, para contagiar en el día el virus del desasosiego. Las emociones se incorporan del lecho y se mueven contigo. Dentro de ti. Alojadas en tu vientre como un vástago maldito. Desearías que fueran otra cosa, más ligera, menos perdurable. Que apenas danzasen un instante a tu alrededor, como ingrávidas centellas, en esos primeros minutos confusos, y después se fundieran con la luz de la mañana y desapareciesen de tu vista. Que las envolviese un aire limpio de fortaleza de espíritu al abrir las ventanas. Que fueran sólo un recuerdo desechable. Menos que eso: la memoria lejana de una sensación. Como las imágenes de otros tiempos que puedes convocar sin miedo, porque la distancia de los años ha desactivado su carga de nostalgia, la munición preferida del pasado. Pero las emociones adoptan formas cambiantes para seguir ahí. Coaguladas en la luz, se afilan y rasgan la cortina del día. Después se clavan en ti, parásito infame. Si advierten que intentas una conjura, que pretendes empujarlas al desagüe de la mañana, se espesan para envolver el estómago como una película viscosa, una bolsa siseante que bascula con cada movimiento.

Después, el día es un claro de angustia. Una línea repetida de Pessoa. Y hay que interrogar los libros y la música, construir mundos apartados en los que refugiarte. Al menos hasta alcanzar la noche, siempre liberadora y amenazante. Te pensabas a salvo de los sueños. Te sentiste inmune a los días insidiosos. Lejos del borde de aquellos abismos a los que hoy vuelves a asomarte. Al hacerlo, aún advertirás en su fondo la leve claridad monstruosa que tan bien conoces. Un minucioso catálogo de carcasas vacías de ti mismo. La piel mudada de los aprendizajes. Cuerpos pasados. Desfallecidos como una marioneta sin hilos cuyo rostro, a pesar del tiempo, aún se te parece demasiado.





Fake politics

3 02 2020

La serie documental ‘La guerra de Vietnam’, dirigida por Ken Burns, constituye un relato pormenorizado, vibrante y didáctico de las múltiples capas que se superponen en el que probablemente sea el conflicto bélico más cinematográfico de la historia. Alejado de los tópicos y riguroso frente a la creciente tendencia a la polarización de cualquier revisión histórica, Burns mezcla diferentes planos narrativos, hasta conseguir un cuadro formidable que viaja al sustrato histórico del enfrentamiento, recorre la evolución del papel militar de los Estados Unidos en la zona, examina la evolución de la extenuante campaña militar, se detiene en las atrocidades cometidas por ambos bandos, registra el enfrentamiento civil y el crecimiento de la conciencia antimilitarista en Estados Unidos, ausculta las dramáticas vivencias de soldados y familias; y, cómo no, desentierra, expone y analiza el modo en que los poderes políticos y militares, con los presidentes norteamericanos al frente, usaron la comunicación para defender sus intereses a lo largo de toda la guerra.

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Siempre los días

8 12 2019

Cuando me he asomado, el día no era siquiera un atisbo de luz. Ese duermevela ambarino de las lámparas, y los fantasmas de abrigo que cruzan las calles sin mirar, como si a esa hora poco les importara nacer o morir, estar vivos o llegar al trabajo. Los árboles agitados al otro lado del cristal advertían de que también hoy el viento gobernará las calles.

Un rato antes me ha despertado el zumbido agotador de una cisterna que cada tanto, con regularidad de cronograma, colma los depósitos invisibles bajo el asfalto. Ahí donde sucede oculta la tramoya bárbara de las existencias. He imaginado que ese combustible que libera el camión ha de ser el que sostenga en marcha el mecanismo incesante de los días. Acaso el giro mismo de los planetas. La vida parece una ventana que mira a la fugacidad. El balcón sobre un abismo, pintado de trampantojos para eludir el vértigo: personas que pasan, sentimientos que nos inflaman, el ruido de la música, arquitecturas transparentes. No entornes los ojos. O verás.

A este lado de la realidad, cuando miro a la mañana apenas inaugurada, siento que cualquier día nos vamos a detener, exhaustos. Después recuerdo la imagen de los trenes en la estación: cuando el mío parece moverse desde el vagón en que observo el contiguo, aun estando detenido. Y de esa misma forma no sé si se mueve la escena al otro lado de la ventana, para convocar el inagotable engaño de hacernos creer que vamos a algún lado, mientras la vida en esta habitación continúa inalterada.

Frente a mí corre la cinta del tiempo y el mundo en tránsito, líneas discontinuas de una oscura carretera.

Y aquí adentro, los días. Siempre los días.





Regreso a la Antártida

16 10 2019

Hace pocos días le dediqué a Pab un ejemplar de Siempre nos quedará la AntártidaPara eso, me vi obligado a rastrear el almacén digital de las librerías de la ciudad, porque todos los ejemplares de cortesía los perdí ya, en obsequios sucesivos o como intercambios de gratitud. Más aún: hace ya tiempo que desplumé también a mi madre y a mi hermana, a quienes les arrebaté los suyos -que yo mismo les había regalado en su momento, claro-, para dárselos a otras personas con las que sentía que tenía el compromiso, o deseaba tenerlo, de evitarles la búsqueda del libro. Ambas accedieron sin protestar gran cosa, confiadas en que pronto les repondría el expolio. Pero ya nunca ha ocurrido, así que voy pagando las deudas en libros con otras deudas en libros. Un negocio redondo.

Ante esta nueva emergencia, que se repite cada tanto, consideré por un momento la posibilidad de quitarle el suyo a mi hermano, pero enseguida la deseché. Nunca fue fácil arrebatarle a mi hermano un libro: si retiras un título de su biblioteca, es probable que se accione un mecanismo por el cual siete dagas mortíferas surgen de agujeros ocultos en las paredes y te dejan como un colador antes de que des el primer paso hacia la puerta. Me costó un rato interrogar las tiendas online de las librerías de la ciudad, pero finalmente encontré un ejemplar disponible en stock. Lo que me hace sospechar si en todo este tiempo, desde que se publicó “la novela”, como lo llama mi madre, no habré sido yo mismo el que haya adquirido todos los ejemplares de la Antártida; como cuando Brian Epstein, el avispado manager de los Beatles, compró 10.000 copias de su primer single, Love me do, para ponerlo bien arriba en las listas de ventas.

El ejercicio de ir a comprar tu propia obra a una librería puede a simple vista juzgarse onanismo; pero en lo único que se parecen ambas actividades es en la condición furtiva de su ejercicio, que trata de evitar miradas ajenas. Y tal vez también en una cierta desesperación o urgencia. “Mire… yo esto lo hago por necesidad, no por vicio”. Por lo demás una vez en la tienda, a la hora de preguntar si todavía les queda algún ejemplar, uno intenta no darse a entender o que no se le note demasiado el patético bucle del autor que se compra a sí mismo. O que no ocurra que la persona a cargo del establecimiento cometa la imprudencia de examinar la solapa en la que te fotografió el lúcido Marcos Cebrián. Esa escena de película en la que el huido de la justicia aparece en una gasolinera en la que el mozo está leyendo un diario con su cara en la portada y un aviso de la policía. Claro, toda esta escena la hace posible el hecho indiscutible de que no nos conoce ni Cristo. Porque si fuéramos Pérez Reverte pues, hombre, entraríamos en las librerías con mucha más determinación, como si alguna vez hubiésemos estado en una guerra o en la Real Academia Española… Pero no a comprar nuestro propio libro.

El caso es que necesitaba la Antártida para regalo… y de paso me convenía otra para mí. Más que nada porque esta semana arrancamos una minigira de tres fechas por localidades de Zaragoza, invitados a participar en el ciclo de animación a la lectura que auspicia la generosa Diputación Provincial. Este viernes en Mallén; el martes 26 de octubre en Villanueva de Gállego; y el 1 de noviembre en Los Fayos. De modo que yo necesitaba releerme a mí mismo un buen rato (de nuevo el bucle) para acordarme mejor de qué cosas escribí y, sobre todo, por ver si se me ocurría alguna respuesta plausible para esa pregunta que siempre me hacen: “Pero, ¿de qué va tu libro?”. Y yo me pongo a pensar y no doy con una mínima definición que me deje satisfecho. Y acabo por componer una cara de sapo que, sinceramente, desanima de manera comprensible a cualquier potencial lector.

Confieso que he llegado a pedirles a lectores amigos que me ayuden a buscar respuestas. Encargarle a otro que te expliqué de qué va tu libro es aún peor que entrar en las librerías a comprarlo. Pero bueno… más feo está robar.

Así que encontré un único ejemplar, hallazgo que celebré con un largo suspiro. Sabiendo de sobra la respuesta, pregunté si por casualidad (casi dije caridad) no tenían otro: “No pero, si me dejas tu nombre, lo pedimos y en un par de días lo tienes aquí”. Preferí no hacerlo: “Es que dentro de dos días ya es tarde”. Eso debió sonar lacónico y profundo… pero era una simple verdad, porque no iba a tener más días ni oportunidades de hacer esa entrega dedicada. Para ganar tiempo, anuncié que me daría una vuelta para mirotear los estantes. Y ahí me crucé con el último de Richard Ford (Lamento lo ocurrido), que metí rápidamente bajo el brazo; y con una colección de artículos escritos por el argentino Pedro Mairal, del que sólo tenía la referencia, no leída, de su novela La uruguaya. Y me lo llevé también, porque al mirarle por encima el lomo y hacerle la prueba del algodón (lectura de los dos primeros párrafos) pronto supe que ahí no había encontrado solamente un libro capaz de procurarme cierta felicidad con su lectura, lo cual ya suele ser bastante. En realidad, acababa de dar con un auténtico aliado para mis amarguras. Ahora lo explico.

Lo que me atrajo hacia el libro de Mairal, para empezar, fue que esos artículos que lo componen provinieran de entradas escritas en su blog. Como mi Antártida, pensé… no sin cierta aprensión de modestia. También me interesó su título, Maniobras de evasión, que de inmediato asocié a un viejo somniloquio titulado Plan de evasión. Por ahí nos sobrevolaba a los dos la misma sombra delicada de Bioy Casares, un señor escritor. En aquel somniloquio yo ansiaba la huida final a la Antártida, entre otros destinos más o menos salvajes y literarios, para escapar de los rigores de la vida: “(…) la vida, ese juego tan raro que practican los demás”. Esta última frase se la he tomado prestada a Mairal. Ya se va viendo por qué lo sumé de inmediato a mi equipo.

Cuando leí la contratapa de su libro todavía me animé más. Hace tiempo que busco -y aquí es donde entran en foco los encuentros con los lectores a los que me dispongo a acudir- una manera satisfactoria de explicar qué cosa es la Antártida. Mi libro, no el continente helado. Esto empezó el día que un amigo, dedicado al feliz negocio de las peluquerías, me preguntó de qué iba, por si pudiera encontrarle acomodo entre las lecturas que ofrece a su clientela mientras esperan a que les saquen volumen en el cabello. Yo me imaginé la escena de esa gente leyendo mi libro bajo los secadores y se me vino una grave inseguridad. No acerté a decirle de qué iba. Y como mi amigo tiene el olfato para el negocio muy fino, pues aquella posibilidad se disolvió en el aire de la conversación y pasamos a hablar de cualquier otra cosa.

Pero a mí la pelota me quedó botando en la cabeza, como a menudo sucede, y desde entonces busco definiciones. A veces las he encontrado. Pero luego se me pierden. O dejan de tener sentido porque están usadas o porque en un momento dado les advierto una incómoda oquedad de artificio. Diario no diario. Dietario. Miscelánea de artículos. Estilizaciones de lo cotidiano. Crónicas de un día cualquiera… Cosas así. Pero en la contratapa de Mairal di con una que me gustó tanto que me la quedé: biografía involuntaria. Y sí, eso es la Antártida. Eso hacíamos, sin saberlo, mientras escribíamos. Mientras aún, a veces, nos escribimos.

Desde ese día, Mairal me ha ido dejando en el camino frases como ésta, migas de pan que me indican un camino seguro hasta los lectores: “Para eso escribo, supongo, porque me gusta recrear la experiencia sensible a través del lenguaje”. Algo así quería decir yo, creo. Pero no me salía tan bien. Escribir para ensanchar los días, para magnificar lo vivido (la recreación de la experiencia sensible) y no dejar que se escape en volutas de tiempo, como humo ingrávido de la memoria.

Escribe también Pedro Mairal (escribe tan bien Pedro Mairal), ya en las primeras páginas, como si quisiera ser amable para aplacar mi urgencia: “Los blogs me sirvieron para ocultarme, atomizarme en seudónimos, escribir como gente que no soy yo, como personas que llevo dentro, voces o quizá fuerzas verbales. Disfruté mucho de eso, de la libertad de zafar de mí mismo”. Escapar de mí mismo; dejar que escriba ese que soy yo pero que al mismo tiempo no soy yo, es un personaje que se me parece mucho o al que yo imito. El que me habita y escribe. El que me dicta estas líneas y tantas otras. Escribirse a uno mismo pero a través de los libros, las músicas, las personas, los momentos. Los días. Algunas noches.

Y por encima de todo eso, como si conscientemente hubiera decidido caerme bien, Mairal cuenta que, ya mayor, se puso a aprender a tocar la batería. Y también, que de chico jugó al rugby. O bien, como dice él: “Todos jugaban al rugby, pero yo en cambio actuaba que jugaba”. Un jugador de rugby temeroso es un personaje en sí mismo. Como un torero que huye de las astas.

Un blog. La batería. El rugby. Las evasiones. Demasiadas casualidades como para desatenderlas. Ahora que acabé la distopía orwelliana, a Mallén y a los otros lugares me llevaré a Mairal, como aliado y consejero. De escudo y lanza. Al menos por ahora. Más adelante puede que derribe esa seguridad, su biografía involuntaria ya no me sirva y necesite repetir todo el ciclo: incluido el requisado a mi familia -si aprendo a rodar como Indiana Jones antes de que me alcancen los puñales fraternos- y la visita a una librería a la que no haya llegado el inevitable deshielo de mi Antártida, que va desapareciendo consumida en el tiempo. Si hace falta entraré al atardecer, favorecido por las sombras, embozado y con sombrero como un capitán Alatriste. O igual me disfrazo de pingüino.





Magnificent desolation

9 08 2019

“Me acordé de que Chesterton decía que había una cosa que daba esplendor a cuanto existía, y era la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina. Tal vez era ese deseo de que hubiera algo más lo que nos llevaba a buscar lo nuevo, a creer que existía algo que pudiera todavía ser distinto, no visto, especial, algo diferente a la vuelta de la esquina más inesperada; por eso, algunos nos habíamos pasado toda la vida queriendo ser vanguardistas, pues era nuestra forma de creer que en el mundo, o tal vez más allá de él, más allá del pobre mundo, podía haber algo nunca visto”.


Kassel no invita a la lógica, de Enrique Vila-Matas.

Esta noche me han despertado otra vez los perros. Han regresado, con su conversación atemorizada, a quebrar la noche y de nuevo me han obligado a pensar en que debería escribir aquella historia que una vez imaginé con torpeza, un cuento temeroso en el que los perros me acechaban en las largas madrugadas solitarias. Yo había permanecido aquí, apartado en este silencio de frutales y sombras libidinosas, de risas lejanas que se irían apagando, después de que todos se marcharan de vuelta a la vida. Y cuando digo “de vuelta a la vida” quiero decir exactamente eso: se iban de vuelta a la vida, mientras yo me encerraba en esta casa y deambulaba por los salones ensombrecidos y las habitaciones vacías, pensando en que ese abandono me ayudaría a escribir quién sabe qué, si nunca escribí realmente nada. La verdad es que yo me quedaba atrás, solo, acechado por los perros, para vivir o pensar que vivía esa parte de la existencia que habría de ser, en mi estúpido ideal, la verdadera existencia. También sabía que el pretexto de permanecer, de entregar las llaves del coche para que los demás regresaran -“aquí no me hará falta, puedo ir caminando a todos los lados y si algo me va a sobrar es tiempo”-, no engañaba a nadie. Pero que me admitían la deserción, tal vez debiera decir la huida, por puro desinterés o, peor aún, por lástima. Yo aseguraba en mi pensamiento que emergería luminoso de los próximos meses, pero en el fondo sospechaba que aquella prolongación imposible del tiempo detenido que siempre ansío apenas ocultaba otra cosa que la decadencia, sin otro final posible que el único final posible: el “tenebroso sendero” que aguarda a los vivos más allá de todas las maravillas de la vida, de todo lo nuevo, los amables colores y “el invencible verano”.

Al caer el sol todo cambiaba. La mínima playa de guijarros a la que daba el porche trasero, y en la que yo gastaba las tardes leyendo y pensando lo que escribiría, de pronto esa playa se tornaba ominosa. Y el rumor insistente de las olas formaba parte de una conspiración para hacer que me durmiera -dormir sería tanto como entregarme-, mientras veía criaturas sin forma arrastrarse desde el agua, y su avance alargaba sobre el piso una sombra húmeda como un paño de sangre, hasta el pie de las escaleras que daban acceso a la casa. He escuchado de nuevo esta noche a los perros y su atroz aullido que me sabotea el descanso, y he regresado sin querer a aquellas vigilias terroríficas, el sonido de los pasos arrastrados que, en medio del silencio, percibía con toda claridad desde mi cama. Convencido de que sonaban afuera, alguna vez me atreví a gatear hasta la ventana para mirar, apartadas apenas las cortinas para no ser visto… pero era yo el que no veía nada. Ni siquiera una intuición de la forma y el movimiento de ese alguien, o ese algo, que oía deambular, invisible a mis ojos. Otras veces, muchas veces en realidad, habría jurado que sus pies se arrastraban ya en el interior de la casa, por el enorme salón envejecido, o en las baldosas que daban acceso a mi propia habitación. Todas esas noches he pugnado para no dormir y que así no me devorase el mar ni la marabunta de hormigas.

Esta noche, mientras los perros enredaban sus ladridos en la oscuridad de los campos, he vuelto a imaginar el sonido de su trote ávido en el camino que da acceso a la finca. Y luego, el tintineo de las atroces pezuñas afiladas sobre los azulejos, un repiqueteo al otro lado de la puerta y la exhalación de sus hocicos en el hueco de abajo. Pugnan por entrar o por advertirme que entrarán. Cada noche, su visita insomne aproximaría la escena al final: el momento en que aprendieran, porque aprenderían, un camino al interior de la casa, y el recorrido hasta alcanzarme, que harían despacio y saboreando la victoria con fauces babeantes, porque yo no podría escapar. “Aquí no me hará falta, puedo ir caminando a todos los lados y si algo no me va a faltar es tiempo”, murmuraría yo entonces, buscando en aquella última conversación un pliegue que me diese alguna esperanza -la esperanza de que nada de todo esto era verdad-. Pero lo era. Y entonces, con ellos ya a la puerta, me decía que correr, cualquiera lo sabría si hubiera resuelto quedarse en esa casa, correr resultaría inútil. Tan inútil como haber tratado de huir, quedándome cuando todos se fueron.

Por la mañana, al despertar, he vuelto a pensar en los perros y he visto a un Perro Fantasma. Y me he convencido de nuevo, vitalista, de que a veces ocurren milagros repentinos. De pronto se abre en la realidad absurda una puerta luminosa, reveladora, a través de la cual yo veo todo claro, nítido y hermoso. Si me asomo, incluso me veo a mí mismo, desde fuera, e inexplicablemente me gusta lo que veo. Me gusta el descubrimiento de lo nuevo, que en realidad no es nuevo pero está ahí, a la vuelta de cualquier esquina, aguardando el instante de su revelación. Es un momento y es fugaz. Ocurre en una línea inesperada de un libro; tal vez en la imagen de dos personas ancianas que cruzan ante mí de la mano, envueltas en un amor indecible y desesperado; y entonces esa visión se ensambla con la canción que está sonando, como en las historias en las que alguien, de pronto, completa la última incógnita de un enigma, y se abre la puerta de la salvación o de los tesoros. Tanto da. En ese instante en el que la canción se vuelve distinta, el momento en el que comprendes todo, incluso los idiomas desconocidos, todas las respuestas a las preguntas que jamás hice. “Puede que nunca sea / todas las cosas que quise ser / Pero ya no es el momento de lamentarse / es la hora de preguntarse por qué”. Y todo cambia de significado. O lo adquiere de manera imprevista.

Algo nuevo y quieres vivir para siempre. En esta casa en la que la vida queda suspendida, inerte y feliz. Y por las tardes penetrarte. Y por las noches, hacerlo otra vez. Atrapar todo eso y dejarlo colgado en el aire, clavado en la pared del tiempo con una aguja. Perseguir la vida y aferrarme a ella con toda la fuerza, para que no se me escape, para poder volver siempre a ese lugar, a todos los momentos que he sido. Tratar de encontrar mi hogar “en algún punto del desplazamiento mismo”.

El lugar en el que me dejarás, cualquiera de estas tardes, cuando decida quedarme solo en esta magnífica desolación, en las llanuras de la luna. A merced de los perros, las habitaciones heladas y los cajones sin ropa.





Dimisiones

28 12 2017

Lo bueno de vivir con miedo es que terminas acostumbrado a la sensación de miedo, con lo cual el miedo en sí mismo desaparece porque el estado de alarma deja paso a una silenciosa asunción de normalidad. Ya no puede pasar nada más. O bien lo que ocurre ya lo has visto antes: otra solicitud de empleo para la que no eres el perfil que buscan, otro proceso de selección que ni siquiera empiezas, otra entrevista para la que ni siquiera te llaman -con el tiempo sabes que sí llamaron a gente-, otra empresa de head-hunters que siempre encuentra presas mejores, otro encargo que no te pagan y otro día 5 de mes que miras la cuenta y dices: ajá.

Y entonces pues, bueno, parece que no pasa nada porque cualquiera puede habitar un tiempo suficiente en una imprecisa anormalidad y acostumbrarse a ella. Y además, cualquier día te mueres.

Leonardo-DiCaprio-The-Aviator-OCD

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La ley marcial universal

25 04 2017

“Llámalo libertad, pero está basada en el control. Todo el mundo conectado y todos juntos, ya es imposible que nadie se pierda, jamás. Da el paso siguiente, conéctala a los teléfonos móviles, y tienes una red de vigilancia total, ineludible, de la que nadie puede escapar. ¿Te acuerdas de los cómics del Daily News?, ¿la radio de muñeca de Dick Tracy?, pues estará por todas partes, todos los patanes llevarán una, serán las esposas del futuro. Tremendo. El sueño del Pentágono: la ley marcial universal”.

Al límite, de Thomas Pynchon.

[Cada cierto tiempo acaricio la idea de la desaparición. En estos últimos tiempos, debo admitirlo, la frecuencia de ese anhelo crece. Nos ahorraremos el inventario de las circunstancias por las cuales uno querría pasar a la dimensión paralela de lo invisible, porque a nadie le importa nada y a mí me importa aún menos. No hace demasiado que una chica me habló de su proyecto de un libro. Un libro que andaba escribiendo y para el cual reunía testimonios y los catalogaba en esquemáticos comportamientos con una etiqueta. Le pregunté sobre qué trataba el libro y me respondió: “Sobre el amor”. En realidad, claro, quería decir sobre el (des)amor, pero me gustó la elipsis escrita con zumo de limón en el paréntesis, que explica mucho acerca del particular. Y desgranó para mí algunos de los asuntos que trataba su estudio, trabajo, reflexión… lo que sea: “El llamado ghost love, el amor fantasma: gente que desaparece de las relaciones de pareja sin dejar una sola pista, ni en forma de explicación, ni de posibilidad de contacto…”. Sólo desaparece. “Yo conocí un caso”, le anticipo. “Hay muchísimos: es mucho más frecuente de lo que parece”. Nos miramos especulativamente, como si cada uno estuviera midiendo el tamaño de las palabras dichas en el cerebro del otro; ese proceso por el cual los sonidos se transmutan en conceptos y luego los conceptos se expanden por las conexiones sinápticas y más tarde tal vez se disgregan porque ya se sabe que, cuando un problema crece más de la cuenta, lo mejor es dividirlo en pequeñas putadas con muchos decimales, cifras de mierda que uno pueda combatir sin que le devoren la tripa.

Desaparecer. “Si lo intentas puedes desaparecer”, cantaban Los Planetas.

La cosa es si la canción trataba de una conversación frente al espejo o asistíamos por mediación de J a un adiós despechado. Cuando mi sujeto de caso-ghost-love desapareció de su relación, la ciudad era demasiado grande y la superconectividad a la que se refiere Pynchon, aún embrionaria. Esa transformación ha variado nuestra concepción de las desapariciones. Y ahora yo, cuando ejerzo mi (patéticamente) heroico aislamiento, resulta que lo único que estoy haciendo es dejar de contestar mensajes instantáneos y mantenerme silencioso en lugar de participar en esa atrocidad insoportable de insidiosos (o peor aún, ininteresantes) cacareos que llamamos redes sociales. Pynchon -ingeniero y literato- puede haber sido un actor protagonista del ghost love tan bien como ha logrado convertirse en un arquetipo del ghost writer. Tómese aquí el término no por las hojas de su literalidad en el idioma inglés -un ghostwriter es lo que aquí llamamos un negro-, sino por la carnosa analogía semántica con los amantes desaparecidos: Pynchon, el escritor invisible. Acabada su portentosa Al límiterecibo mágica invitación a participar en una celebración del espectro del novelista norteamericano en la ciudad de Brighton, en un festival de entusiastas de su prosa que se llama, con irónica autoconciencia, Pynchon in publicNaturalmente, Pynchon no hará ninguna aparición pública. Pero sus devotos leerán pasajes de su obra, con la fe con la que otros invocan a la lluvia. Me intriga la magia de la invitación y me pregunto cómo supieron que yo leía a Pynchon estos días y que esa invitación iba a quedar viva en mi cabeza como un tintineo de aviso. Un “deberías ir aunque no sepas bien por qué ni para qué”. Pronto me doy cuenta de que he dejado pistas y que, precisamente después de leer Al límite, no debería considerar tan extraño que ellos (quienes quiera que sean) me hayan encontrado sin que yo lo supiera.

He pensado en Dublinescade Enrique Vila-Matas, y su hermandad de dipsómanos que ansían a James Joyce en un Dublín ininterpretable. Pynchonesca podría llamarse esa entrada. La profecía que he colgado en ella, expresa por uno de los personajes de Al límite, retrata con asombrosa precisión el mundo de los smartphones y los smartwatches, mucho antes de que ocurrieran. No es la única que oculta el libro. Pynchon las formuló en 2001. Acabo pensando que debería ir a Brighton, a escuchar a Pynchon en boca de otros y colgar fotografías en los social media para perpetuar lo certero de su diagnóstico en la novela. Y luego, en efecto, desaparecer].