El viajero del traje blanco

30 11 2011

Por casualidad, o porque uno vive decididamente más atento a lo innecesario que a lo fundamental- he sabido que el 1 de diciembre se cumplen 176 años del nacimiento de Mark Twain, el padre de la literatura norteamericana: “El primer escritor que disfrutó de la fama reservada entonces a los Presidentes, los generales y los predicadores que le pegaban fuego a graneros”. La efemérides es lo suficientemente irregular, en cuanto a la cifra, como para celebrarla con algunas palabras de agradecimiento. Una coincidencia, porque llevo días pensando en escribir sobre Mark Twain sin decidirme a hacerlo, tal vez porque, como él mismo dejó dicho, “hacen falta unas tres semanas para escribir un discurso improvisado”.

No acierto a recordar en qué momento pasé por encima de la evidencia de que Mark Twain es el autor de Huckleberry Finn y Tom Sawyer y me encontré al autor cuyo nuevo libro celebro siempre que me lo cruzo. No está mal para un señor que nació en 1835, con la visita del cometa Halley, lo que le hizo predecir: “Me iré de este mundo cuando el cometa vuelva a la Tierra”. Y ocurrió: en 1910, al día siguiente del fenómeno cósmico, Twain murió. Antes, a lo largo de su vida, había anticipado en un sueño premonitorio la muerte de su hermano, a quien entrevió en un ataúd vestido con un traje suyo. Se interesó por la ciencia, conoció a mandatarios, formó parte de la primera sociedad de parapsicología de Estados Unidos, lo visitó Thomas Edison, trabajó en una imprenta, como cajista, como piloto de un paquebote en el Mississipi, fue periodista, reportero, conferenciante… Sobre todo fue viajero. Y ahí nos cruzamos, por envidia tal vez, el día en que en la sección de literatura de viajes -un genero encantador, siempre que uno encuentre al viajero adecuado- vi el primero de los tres volúmenes de una serie titulada de manera salvajemente evocadora: Viaje alrededor del Mundo siguiendo la línea del Ecuador.

Mark Twain, con su traje blanco, su cabello blanco, su bigote manchado y una pipa dispuesta. De acuerdo a Faulkner, el padre de la Literatura americana.

Recuerdo haber devorado aquellos libros, haberme reído incansablemente con sus chanzas, sus despreocupados comentarios, la mordacidad de los juicios, la inteligencia de los comentarios, el ojo crítico, la piedad y la preclara singularidad de sus observaciones acerca de razas, pelajes, hombres, costumbres, tribus, credos, colores, lugares. Y haberme revolcado felizmente en la maravilla de sus construcciones sintácticas, como un perrillo en un jardín de barro. Twain (nacido Samuel Langhorne Clemens) es mi autor americano favorito. El que más me divierte. El que más me estimula. El que más me gustaría ser. Sí, uno daría algo por esos mundos alambicados de Faulkner, por la pérfida imaginación de Poe, por la curiosidad generosa de Truman Capote, la potencia descriptiva de Herman Melville, la conciencia de Steinbeck, sus arquetipos, cómo no por las frases como disparos de Hammett y Chandler, y también por algo de Richard Ford o Pete Dexter… Cualquier cosa, T. S. Eliot, Dos Passos, Norman Mailer. Sí, pero sobre todo entregaría cualquier precio estipulado por haber embarcado con Twain en su vapor, por fumar una pipa en el descanso del crepúsculo en la cubierta del Quaker City; por haber descubierto el Pacífico Sur en sus viajes siguiendo la línea del Ecuador, o en el fantástico periplo alrededor del mundo (Estados Unidos, Europa, Tierra Santa… el primer viaje de turismo organizado de la historia, como lo definió él) que escribió por entregas y que están reunidos en el libro llamado Los Inocentes en el Extranjero,  también publicado en España por Ediciones del Viento con el título de Guía Para Viajeros Inocentes.

Y desde luego, en su Vida en el Mississipi o en Un Vagabundo en el Extranjero. Como hago ahora con su viaje de dos semanas en diligencia atravesando Estados Unidos desde Missouri a Nevada: un viaje que iba a durar tres meses, para acompañar a su hermano Orion, nombrado ayudante del gobernador de Nevada, y que acabó prolongándose durante nueve años en los que Mark Twain conoció el Oeste salvaje, durmiendo al raso o sobre la montonera de sacas de correo que portaba la diligencia; sus vuelos por las llanuras, las Rocosas, el terror a los indios y, de fondo, la fiebre del oro. Ese libro se llama Pasando Fatigas. Es de una felicidad infatigable. No debería terminarse nunca.

Uno viaja y escribe, viaja y lee. Las dos, las tres cosas van íntimamente unidas. Cada vez que hay que salir de casa, los dedos quieren en los estantes a Julio Camba, a Josep Pla, a Stevenson y, por supuesto y por encima de todos , a Mark Twain. Esta vez lo llevé de paseo por Italia unos días. Y mientras las televisiones transalpinas rezaban por el nuevo gobierno de Mario Monti, mientras yo rendía culto a las tumbas de Galileo, Maquiavelo, Dante o Miguel Ángel en Florencia, mientras observaba las huellas de Leonardo, la escuela florentina, los crucifijos pintados de Ghiotto, las catedrales, las basílicas, las plazas medievales, las torres, los viñedos toscanos… iba pensando en el desapego descrito por Twain en esos mismos lugares hacia el arte clásico, la repetición insaciable de los temas, la entrega del genio artístico a la glorificación de los poderes religiosos, civiles y económicos. Ese escepticismo, el hartazgo de la belleza, su tirria por los guías de viaje, su negación del descubrimiento como producto: “Si el gran Tiziano hubiese contado con el poder de la profecía y hubiese dejado de pintar uno de sus mártires para irse a Inglaterra a pintar un retrato de Shakespeare, aunque fuese de joven, del que todos pudiésemos fiarnos ahora, el mundo, hasta el final de los tiempos, le habría perdonado el mártir perdido”.

Cosas así decía Mark Twain. Y cosas como que, si uno dice la verdad, jamás tendrá que acordarse de nada. El hombre que fumaba en pipa y repetía que, de joven, “podía recordar todo, hubiera sucedido o no”. El que prefería el Paraíso por el clima… y el infierno por la compañía. El que consideraba al Hombre un experimento cuya validez habrá todavía que probar. O que el único motivo por el que nos alegramos en las bodas y lloramos en los funerales es que no somos la persona implicada. Decía. Un viajero que sostenía que “la verdad es mucho más extraña que la ficción”. Y que acertó a definir: “Para Adán, el Paraíso era el lugar en el que estaba Eva”.

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El atroz encanto de los malos

17 12 2009

Le conocieron en Perugia como L'Assassino y más tarde como Matrix. Marco Materazzi, el futbolista de los 25 tatuajes (récord mundial por delante de los 18 de su antagonista estético, Beckham) afirma: "Yo no soy un diablo; júzguenme como a un hombre".

Venía encapuchado en su chándal interista de cabezal blanco, grande y oscuro, siempre acunando la fiera que le duerme adentro como un volcán; venía con la mirada al frente igual que un soldado, erguido en la dignidad disuasoria de los villanos. Podría llamarse Jack Palance o Lee van Cleef. Pero en sus días de oscura gloria teatral en los campos de fútbol lo apodaron El Asesino y luego, cuando ya había traspasado las barreras para convertirse en un icono pop, pasaron a decirle Matrix por sus patadas voladoras. El tipo que quería no tanto ocultar su rostro como subrayar la distancia de su figura portentosa venía caminando por la zona mixta de San Siro y dejaba pequeños a los de alrededor. Uno de los empleados le cruzó a su zancada de tumbador un saludo de admirativa familiaridad: “Grande Marco!, ciao Marco!”. Entonces supe que era él y que se me había escapado: Marco Materazzi.

El diálogo entre Materazzi y Zidane en la final de la Copa del Mundo valdría para una película de cine negro postmoderno o para un western futbolístico, si Tarantino o Scorsese se pusieran alguna vez a ello. Ese cruce de provocación, réplica y cabezazo en el pecho posee la enferma grandeza de los silbantes guiones de los años 40. Algo de este tipo, mi diálogo favorito de El Sueño Eterno, cuando el malevaje Eddie Mars descubre al detective Marlowe en el caserón donde todo huele a podrido y desaparecen los cadáveres.

Eddie Mars: -Qué coincidencia, eh… usted no tenía una llave y la puerta estaba abierta.
Marlowe: -¿Verdad que sí? A propósito… ¿cómo es que usted sí que tenía llave?
Mars: -¿Es asunto suyo?
Marlowe: -Podría hacer que fuera asunto mio.
Mars: -Y yo podría convertir sus asuntos en asuntos míos.
Marlowe: -Oh, no lo haga… No lo pagan demasiado bien.

Todo esto a una velocidad de metrónomo enloquecido, con una frase que se encaja en la anterior con el ruido metálico de los cerrojos de una mazmorra. La de aquella noche germánica fue así. Materazzi le agarra la camiseta a Zidane. Y Zidane, con prosopopeya de barrio marsellés y fútbol de toda la vida, le invita:

-Si quieres, cuando termine el partido te la regalo.
-Prefiero a la puta de tu hermana.

O al menos eso le leyeron en los labios los intérpretes sordomudos que contrató para el caso una televisión brasileña. Chandler, o Faulkner que escribió el guión, hubieran obviado el insulto en El Sueño Eterno. Tiene un aire más de Scorsese o Tarantino, está claro. Pero posee la misma estatura dramática, ingenio y velocidad de reacción, por las dos partes. Además nos permitió -como afirma un conocido argentino- observar la mejor escena de retirada del fútbol que ha producido la historia de este juego: “Un grande no se va del campo con flores; un grande contribuye de manera dramática a que su equipo se vaya derrotado, sale expulsado por pegar un cabezazo y entra en el vestuario puteando y dándole patadas a las botellas de agua y las puertas de los retretes”. Uno sólo puede asentir. Matrix contribuyó a la gloriosa leyenda de Zidane. Aún mejor salir del campo a la marsellesa que irse de la mano de una enfermera.

Si digo que se me escapó Materazzi es porque quería fotografiarme con Materazzi. Tengo un irrefrenable lado canalla. Sentí al verlo la misma oscura atracción que me llevó a ponerme aquel día frente a Mike Tyson en Las Vegas y estrecharle la rugosa mano agresora, detenerme en la sonrisa caníbal, en sus ojos como de bestia irracional. Poco antes de que saliera Materazzi había atravesado el mismo pasillo Luiz Figo, impecable con su mandíbula cuadrada de hombre bello. En los bajos del Comunale de Turín también me crucé con Michael Laudrup, impoluto en el trato como lo fue en el campo, serenamente elegante de madurez y franqueza en las facciones. Le propuse que se viniera al Real Zaragoza. Me pareció que tal vez su prestancia nos ayudaría a salir del previsible fango. Me replicó a la broma con tanta corrección que tuve que dejarlo por perfecto: me hacía parecer un gañán y me fui a darle mordiscos a la torta de frutas con la que la Juventus agasajó a los periodistas al final del partido.

Frente a tanta lucidez presencial, Materazzi ejerce sobre mí un tipo de seducción mucho más perversa. Me gustan los malos, sobre todo los malos italianos, tal vez porque siempre los he considerado personajes de una película que se llama fútbol, y son precisamente los villanos los que mayor rotundidad alcanzan en la composición de sus caracteres. Para qué nos vamos a engañar: entre John Wayne y Alan Ladd nos tenemos que quedar con Wayne a la fuerza, porque el dramático hervor íntimo del hombre tiene mucho más que decirnos que la rubia transparencia del tímido Shane. Enric González, en sus fabulosas Historias del Calcio, califica a los futbolistas en dos tipos: los violentos desorganizados (ese Iniesta que de repente, en un acceso de ira, larga una patada alevosa y torpe) y los violentos organizados, que le agregan a su violencia la alevosía del pensamiento anticipado. Naturalmente, Materazzi pertenece al segundo grupo. Su personaje tiene una potencia tan enorme que roba cualquier escena. A veces es tan atroz como otras gran defensa. O lo fue. Tiene 36 años y le cuelga del tiempo una leyenda culminada en el Mundial de Alemania.

É un diavolo! Jose Mourinho, el entrenador que ha conseguido estilizar la perrería clásica del fútbol: tiene un aspecto atildado incluso con aquel abrigo de pordiosero que tanta fortuna hizo en sus días en el Chelsea.

Hay otro tipo de malo: el malo psicológico. El ideólogo, el villano racional, el estratega de la depravación, el consumado, ladino, astuto, malicioso, perspicaz, altanero, frontal, soberbio, hábil, fino y diestro hombre de la tiniebla. En el fútbol de hoy, ese tipo se llama Mourinho. Si alguien tuviera la destreza psicológica precisa para descomponer a un personaje así, habría que desgranar el modelo que ha permitido al entrenador portugués del Inter transformarse de traductor del entrañable Bobby Robson en la encarnación richeulieana que ahora representa. Si Materazzi refiere a un personaje tarantiniano (Guy Ritchie -un mediocre Tarantino a la británica- advirtió el potencial cinematográfico de otro enemigo social, Vinnie Jones, en Lock, Stock and Two Smoking Barrels), Mourinho sería el Robert Mitchum de La Noche del Cazador, con sus nudillos tatuados; o el Robert de Niro de El Cabo del Miedo cuando seduce con su pulgar a la adolescente carnosa Juliette Lewis. Un tipo cuya amenaza va más allá de lo físico para abarcar lo espiritual. Mourinho ensaya el miedo intelectual.

Cuando lo expulsaron en el duelo con la Juve en Turín, el portugués no se marchó al vestuario ni al palco del Olímpico bianconero. Al contrario, traspuso un portoncito de la gruesa cristalera que separa el campo de la grada y se quedó de pie en el centro de un cuadrado embutido frente a las tribunas. Las gradas aledañas se tornaron entonces el circo romano en pleno paroxismo: furibunda contra el tótem enemigo, la hinchada juventina cubrió de insultos y provocaciones al entrenador interista. Lo rodearon varios policías, pero Mourinho se hubiera quedado igual de tranquilo estando solo. En medio de la furia, de pie con su largo abrigo de paño marengo, hierático frente al infierno, Mourinho permaneció en su lugar sin moverse un centímetro y aguardó a que el mundo entero agotara su ira contra él. Y venció, claro. La gente se cansó de decirle de todo, agotó la rabia y se desmoronó. Mourinho seguía en pie, sin moverse. Estuvo así el resto del partido. Su equipo perdió, pero él había ganado. Porque Mourinho, en lo personal, nunca empata, y tal vez esa conciencia le haya permitido hacer dos veces consecutivas campeón al Inter, el equipo más frustrado de la historia de Italia y ahora dominador implacable. Cuando una hora después Mou atravesó la zona mixta del estadio, camino del autocar del Inter, caminaba flanqueado por tres adláteres que no le hacían tanto de protección como de marco. Él los dirigía. El plano era suyo. Traía las manos en los bolsillos del trasnochado gabán y caminó subido en su altanería barrial de compadrito. La mirada al frente, el asomo de levísima sonrisa en los labios, pisando con firmeza y con el cuerpo hamacado en una pérfida armonía. Cuando pasó, todo el mundo hizo un silencio repentino. Nadie dijo nada aunque cualquiera hubiera querido enfrentarlo. Los insultos no le rozan. Es etéreo. Tal vez ni siquiera sea real. Envuelto en ese respeto temeroso, caminó hasta perderse más allá del pórtico de hierro: hubo quien aseguró que había subido al autocar, pero juraríamos que se desvaneció en la noche. Parecía que hubiera pasado ante nosotros el demonio vestido de negro.